Ascensión al Moncayo
- Responsable: Fer
- Fecha: 24 de noviembre de 2007
- Lugar: Cueva de Ágreda
- Actividad: Montañismo
- Participantes: Jesús, Bolo y Fer
Crónica de la actividad
Sábado por la mañana, las calles están empezando a colocarlas, aunque muchas farolas ya están apagadas. A las 9:00 habíamos quedado, los pocos que somos Bolo, Jesús y Yo, puntuales. Enseguida nos ponemos en camino, una hora y pico de viaje nos espera, el destino… Cuevas de Ágreda.
Durante el viaje charlamos, del rocódromo, de la música, nos metemos un poco con el Bolo que cabecea y con el entretenimiento y sin casi darnos cuenta llegamos, sin perdernos, al comienzo de nuestra ruta.
En Cuevas de Ágreda la temperatura ya no es ni parecida a la de Alcalá, ya se ha caído el termómetro, el Bólo se ve un poco sorprendido por la situación, pero bueno, todos llevamos ropa de abrigo de sobra y lo terminamos de equipar.
Nos ponemos en camino, la pista es fácil de encontrar y está perfectamente balizada todo el camino, es difícil perderse en un día soleado y sin niebla.
El principio es bastante suave, con escasa pendiente, pero lo suficiente como para que el cuerpo se de cuenta y empecemos a sentir algo que desde el coche se nos había olvidado, calor. Un calor falso, de esos que se esfuman en cuanto paras un segundo, aún así yo les doy un respiro de aire fresco a las manos, pero enseguida se vuelven de vuelta a los guantes.
Ahora, al principio, que nos sobra aliento vamos hablando de la vegetación, de los robles rebollos, las retamas, las cagarrutas de los animales y alguna huella que nos paramos a observar.
Enseguida hace mella doña pendiente y empiezan a escasear las fotos, las risas y los comentarios, ya cada uno está concentrado en su respiración, en escuchar los latidos de su propio corazón y de dialogar consigo mismo.
Es en estos momentos cuándo empiezas a recordar otras ascensiones, surgen nuevas ideas y le das vueltas al coco, acompañado de la inmensidad de la montaña.
Todavía queda un buen trecho, y ya empezamos a ver escarcha y pequeñas acumulaciones de nieve, esto nos indica que la subida va a ser interesante.
Después de una hora andada, y antes de empezar a pisar nieve, decidimos parar a tomar un poco de agua y unos frutos secos. La parada corta, para no coger frío. Enfrente nuestra los restos de un avión, parece parte de un ala, se pueden distinguir la costillas. Elucubramos durante un rato sobre el origen y después nos ponemos en marcha de nuevo.
Pocos metros más y comienza la nieve, la pendiente aumenta considerablemente, la cosa se pone seria. Unos pocos metros más y sin darnos cuenta, muy poco a poco nos vamos introduciendo en una espesa niebla en la aún así todavía vemos el siguiente hito, desde el anterior.
Cuánto más subimos más se complica la cosa, algún paso en falso y algún que otro resbalón nos obliga a utilizar las manos para no oler el suelo.
El camino se hace duro y en después de otra hora andando y a sabiendas de que el final está cerca decidimos parar un poco, no llega al par de minutos, pero para recuperar el resuello y para reunir el grupo. Es decir que yo que iba el último llegase hasta Jesús que lideraba la marcha.
Durante este último tramo ya soplaba algo de viento, estábamos completamente rodeados de niebla y la barba y el pelo eran de escarcha, notaba la nariz como si me la pudiese romper de una toba.
Por fin termina lo que yo considero el tramo más duro, ya debemos estar en la cuerda de la montaña, nos cuesta seguir andando por el cansancio, pero esta pendiente no es comparable a lo que nos habíamos metido hacia un rato. Definitivamente es la cuerda, hace un viento que pela, los pelos escarchado son ahora cresta de hielo, que pasada. Todavía nos queda un poco más. Encontramos una pequeña casetilla con un Santo en su interior, tenemos que estar cerca, la niebla es tan intensa que no se ve un carajo. De repente nos damos de narices con el vértice geodésico, lo logramos, estamos en lo alto del Moncayo.
Foto de rigor, euforia y fuera. Hace un frío del carajo ya lo celebraremos más abajo, donde no haga tanto viento.
Con los ánimos recobrados, menos energía pero muchas más ganas, empezamos a bajar. Aguantando nuestro peso en cada uno de los pasos que damos. Deseando salir de la niebla y la nieve, parar un ratillo, ponernos una camiseta seca y comer, sobre todo comer.
Nos hemos dado pegado una buena subida y todavía no comemos, todo lo que se pasea por mi cabeza es la tortilla de patata, es todo lo que voy pensando en hincarle el diente hasta el fondo. Dar un buen trago de agua y descansar, pero para esto todavía queda un rato.
Prosigue la bajada, empieza a desaparecer la niebla, cada vez hay menos niebla. Ya queda menos para comer, mis tripas controlan mi cerebro, soy como un ratón que huele el queso, y lo persigo. Solo que al final hay TORTILLA, un buen bocatazo.
Por fin la nieve desaparece, andamos un poco más, hasta los restos del avión, en el mismo lugar que paramos mientras subíamos, hay paramos a comer, beber, descansar, respirar…
Me levanto como nuevo, he metido un chute de patatas y descanso a mi cuerpo que ni yo me lo creo, estoy como nuevo, además ya sólo nos queda un paseo. Disfrutamos de lo que nos queda de vuelta, ahora nos reímos del frío y de la nieve.
Tenemos los ánimos por las nubes, ahora voveríamos a subir… ni loco. Pero ya estamos de vuelta al coche. En poco más de media hora llegamos al coche, nos ponemos cómodos y comenzamos el viaje de vuelta, ahora más tranquilo que a la ida, el Bolo vuelve a caer en el mundo de los sueños.
Yo mientras charlo con Jesús, ya no queda nada, nos hemos dado un buen tute, y además ese día empezaron a pintarnos el rocódromo.
Llega la noche, por fin en la cama después de este día tan largo y con una sonrisa en la cara y una aventura más que comentar entre birra y birra un viernes cualquiera.
Solo me queda agradecer la asistencia a Bolo y Jesús y animaos a vosotros lectores a animaron a la próxima.
Un abrazo a todos
Fer




